ESTEFANIA P. LANFANCRO
Te veo desde mi ventana

  • Instagram

 

El interés sobre la fotografía me ha llevado a los objetos y las atmósferas. Estoy atraída por la posibilidad de que, en la creación de una imagen, lo inerte sea capaz suscitar sensaciones. En ese proceso de búsqueda visual, descubrí que el espacio íntimo (una habitación o el hogar) nos enmarca. Exalta nuestras luces y también nuestras sombras. Determina, cual encuadre fotográfico, lo que queremos o lo que no a estamos dispuestos a mostrar. Nos refleja; es un espejo de lo vivido: de los recuerdos, gustos y sensibilidad.

En el retrato, tan importante como el sujeto es  el segundo plano;  el entorno que inscribe al personaje en un universo y construye qué hay detrás de un rostro, obra o profesión. Así es como la cámara, en esta serie fotográfica, se vuelve pretexto y vehículo para ingresar a los recintos de una selección de creadores peruanos consumados. Aquellos que dedicaron su vida al desarrollo de universos narrativos, poéticos o dramáticos, ahora permiten que el lente construya los suyos. En “Te veo desde mi ventana” me valgo de la cámara analógica, de la atmósfera del espacio íntimo y de la casa como objeto, para reflejarlos y enmarcarlos en un retrato de ellos y de mí misma.

TE VEO DESDE MI VENTANA- ESTEFANÍA P. LANFRANCO_pages-to-jpg-0032.jpg

Tributo Desde mi Ventana

Por Jorge Eslava

La heliografía y el daguerrotipo están grabados en las cavernas de la historia fotográfica; siempre la luz sobre una superficie, algunas sustancias químicas y muchas horas de exposición. Son las primeras décadas del siglo XIX. Hay algo, sin embargo, más humilde en el origen fotográfico: su trémula cercanía a la pintura. A ojos de muchos, la fotografía nace ligada a las artes plásticas y en calidad de hermana menor. Con la irrupción de la cinematografía, a inicios del siglo pasado, la fotografía resulta asediada entre dos aguas de inmenso caudal. Se ve, entonces, obligaba a emanciparse sobre los cimientos de un nuevo lenguaje y lo conseguirá gracias a la obra de grandes artistas como Dorothea Lange, Henri Cartier Bresson, Eve Arnol, Robert Doisneau, Man Ray, Sebastian Salgado y tantos otros que la memoria sortea con ingratitud.
No es fácil descifrar el misterio del arte fotográfico, en particular de la fotografía análoga y fijada en blanco y negro, cuyo sortilegio nos sumerge en un universo de aparente simpleza. En esa décima de segundo que el obturador registra una imagen queda cifrada la existencia de algunos seres y objetos, que más que presencia son tránsito de una vida hacia la muerte. En su revelación late algo de la frase latina memento mori, ese conocimiento secreto que recuerda la finitud humana. No hacemos más que ver una fotografía para cotejarla, con pena y sin gloria, con nuestra propia imagen interior. Cómo ha pasado el tiempo, suspiramos en silencio y nos dolemos por quienes no están y por quienes hemos dejado de ser. 
Es el amasijo de sensaciones y pensamientos que me ha incitado la revisión de las deslumbrantes fotos de Estefanía Penny Lanfranco. Hace apenas un par de años la invité a colaborar en la revista Lienzo, para la sección reservada a fotógrafos consagrados. No dudó ante el desafío: barajó algunas opciones y emprendió la difícil labor de gestionar la aquiescencia de intelectuales y artistas. Bien sabemos que estos oficios exigen, más que muchos otros, complicados aislamientos en el hogar y la habitación. Encierro que los trastorna y los hace evasivos, encantadores o explosivos, pero ella anduvo siempre con el mejor talante y consiguió la venia de un número significativo. Anduvo sin prisa, documentándose, leyendo prosas y poemas según la ocasión; mientras yo disfrutaba con las historias que me confiaba de sus impresiones y peripecias de sus sesiones. 
Merced a sus encuadres y juegos de claridades y sombras, Estefanía ha logrado apropiarse de sus personajes y ofrecernos una interpretación de sus mundos. Atisbar desde la ventana es la postura furtiva a la que nos invita, pues el título de su hermosa muestra sugiere una visión sesgada por la intromisión al espacio privado de cada personaje. En ese ámbito personal ha desplegado una mirada encubierta, pero penetrante, que a cambio de una tenue luz que recorta una imagen hay un aura de oscuridades que provee una profunda carga dramática. La ausencia de colores obliga, sin duda, a ahondar en contornos y texturas para potenciar nuestra imaginación y envolverla de un halo de estremecimiento.
Además del manifiesto homenaje a los personajes retratados, reconozco el silencioso homenaje a Baldomero Pestana, un fotógrafo español que arribó en barco a Lima, casi por azar y se quedó entre nosotros para convertirse en el cronista visual de una generación de artistas e intelectuales peruanos. María Arguedas, Sebastián Salazar Bondy, Julio Ramón Ribeyro, Manuel Scorza, Martín Adán, Rodolfo Hinostroza, Blanca Varela, Jorge Eduardo Eielson y otros que no están con nosotros. Pero que gracias a sus fotografías expanden la dimensión del tiempo y espacio. Me atrevo a afirmar que, en ese mismo sentido, Estefanía Penny Lanfranco continuará retratando con maestría a personajes de nuestro mundo cultural del siglo XXI para llevarlos más allá de la fugacidad de nuestra mirada.   

.